jueves, 11 de enero de 2018

La Canción de Dorotea | Rosa Règas



“…estaba tan excitada por los acontecimientos, tan angustiada por su irresolución, que apenas quedaba espacio en mi pensamiento para poder interesarme por otras cosas, fueran comidas exquisitas, conversaciones inteligentes, campanadas a medianoche o brindis para celebrar la entrada de nuevo año…”

     Este libro, para mi sorpresa, tiene una muy baja puntuación en goodreads, hasta la fecha no entiendo por qué, su principal critica es que es muy lento y/o que no pasa nada, que el final está “ahí”. Por un lado, lo comprendo, entiendo el hecho de que no sea un libro para todos, es más, me sorprendería que lo fuese, por su tono bastante reflexivo, que raya en lo melancólico. Sí, en la contraportada, su sinopsis vende un misterio que da a la novela ínfulas de thriller, generando al lector una confusión a causa del ritmo, de la forma cómo se aborda el tema.

     El misterio sí está presente, es, en realidad, la razón de la historia, pero cercar esta obra con esos parámetros es eliminar la mejor parte, Regàs se permite explayarse a través de Aurelia (nuestra protagonista) con sus opiniones sobre política, amor, duelo, tiempo, edad, luto, y sin resultar repetitiva, escribe desde el dolor, expresa los problemas de una forma poética, pero aun así terrenal, tiene la habilidad de hacerte comprender por lo que está pasando, en especial, cuando habla de la depresión, describe tan bien (en serio excelente) ese sentimiento de aislamiento, de culpa, de miedo y de falta de ganas por todo, de una forma tan simple, con símiles tan ingeniosos, y todo a su debido tiempo.

“Pero en mi interior, lloraba, lloraba y gemía de desconsuelo y pesar, con la facilidad que se nos concede cuando bebemos grandes cantidades de alcoholes suaves. Lloraba mi alma en sus profundidades, mientras mis ojos entornados se aislaban del mundo, conscientes de que ninguna sombra habría de interponerse entre el sol y yo, ninguna imagen se materializaría para suavizar mi congoja, ni para sustituirla por otra congoja menos dolorosa, menos irreversible, menos irremediable. ¿Qué será de mí ahora?”

     Lucha contra la sociedad, discute el papel de la mujer en esta y qué considera éxito ella frente a la imagen del mismo que se proyecta la época,  su estilo narrativo le permite embellecer cualquier escena, cualquier acción por más cotidiana trae un simbolismo tan significativo para la psiquis de nuestra protagonista que aunque la opinión general es que no pasa nada, es un mundo entero con guerras y destrucciones lo que está ocurriendo, pero sí, no es para todos, o tal vez sí, pero no para cualquier momento en la vida.

     En otro apartado, el misterio y la razón del título se dejan entrever muy temprano en la novela, aun así, nunca te deja estar completamente seguro sino tiempo después, todo toma un giro mucho más sórdido de lo que planteaba la sinopsis con la idea del thriller, para volverse, a mi parecer, una novela negra de las más inquietantes que he podido leer, pues no te impacta de un solo golpe, te deja la duda, te siembra la zozobra, te deja que pienses en lo que leíste y ese es el verdadero final, lo que no se cuenta, lo que más te preocupa, te inquieta, y te acompaña se sentimiento hasta mucho después, como final te deja mal sabor de boca, pero como historia, te conquista.

“Al paisaje le da igual lo que ocurra, el paisaje sigue en pie hasta que lo destruye la mano del hombre, pero, si escapa a ella, permanece impávido frente a nuestras angustias y dolores, él y su inmutable devenir. Incluso la muerte es diferente. Podría morir yo ahora mismo y el paisaje no se inmutaría, ni un leve temblor en las hojas de los árboles, ni una nota falsa en el trino de los vencejos, ni un sobresalto en el dulce movimiento de las nubes.”

     La novela, su ambiente y sus personajes exudan malicia, desconfianza, la tensión es tal que resulta una suerte de manto, nada es seguro, nadie es confiable, todo se va cargando de algo que no sabes muy bien que es, pero que intuyes como un sentimiento de profunda e inevitable fatalidad.

     La dueña de la casa y la guarda de llaves, hacen una dupla donde el amor y el odio chocan constantemente, donde el desprecio va de la mano con la admiración, donde excitación y deseo terminan siendo lo mismo que la más pura repulsión, increíblemente psicoanalítico, la dualidad en todo es de admirar.

“Mi casa, pensé, yace en una sombra más oscura que la noche misma, mi casa está muerta. ¿Pero es mía esta casa? Qué extraño no reconocerla como propia sino como un simple decorado en el que me muevo desde hace tiempo, tal vez familiar pero ajeno a mí, un decorado en el que acaban de ocurrir hechos que tampoco reconozco, que no tienen que ver conmigo.”

     Claro está, si no les gusta la novela contemplativa, pues es la forma más acertada de describirla, no les va a gustar esta, pero si les gustan narraciones como las de Cortázar, del estilo contar sin contar, con ese juego de sombras perpetuo, es su novela.

     Otras citas que vale la pena leer:

“¿Ha pensado alguna vez de qué vivimos los que no podemos vivir del dinero?”

“Soy de los que prefieren que ganen estúpidos antes que votar en unas elecciones. Ya casi somos mayoría.”

“La edad no perdona, la edad nos arrebata lo mejor de nosotros mismos, ésa era una justificación. Pero sabía que no era la edad la que me había arrebatado la pasión, el coraje y la vida, sino que, de haberlos tenido alguna vez, habían sido la cobardía y el ansia de seguridad las que habían elegido un paisaje en el que no podía fructificar más que la rutina.”

“<<Sí, tú, no hace falta tener motivo para estar deprimido. De hecho, se está deprimido al margen del motivo.>>”

“Y cuando caía la noche, envuelta en el vaho de una casa deshabitada, sin ánimo de prender las luces (…) entraba en el ámbito de la desolación y de la inquietud que me trastornaba y me enfurecía (…) e incapaz de vencer la pereza que me producía la sola idea de lavarme los dientes, una pastilla y a dormir, y me metía en la cama con el ansia de alcanzar el estado de somnolencia que habría de liberarme de la inquietud, ¿era inquietud? No, era apatía, una profunda apatía que me impedía reaccionar, largarme a otro lugar, llamar por teléfono (…) ir al cine, volver al trabajo o pasearme por la ciudad, llamar a los amigos. Y sin embargo, ahora tenía la sensación de que todos me habían abandonado a mi suerte. Y no es que no pudiera llamarlos y volver a la vida, sino que no sabía cómo hacerlo, no me habría atrevido a confiar a nadie, ni siquiera a mí misma -pensaba en los raros accesos de lucidez que se abrían paso en mi entendimiento-, lo que me estaba ocurriendo. Como si me hubiera ido tan lejos que ya no pudiera retroceder, aminorar el paso para encontrarse con el de ellos, como si ya no hubiera camino de regreso.”

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