Entonces
tengo que escribir. Uno de todos nosotros tiene que escribir, si es que todo
esto va a ser contado.
Julio
Cortázar <<Las Babas de
Diablo>>
Ese día creo que era viernes, digo creo
porque no recuerdo con exactitud si estaba terminando o empezando la semana, sé
que estaba llegando a la ciudad, vivo en un pueblo y la única forma de llegar
hasta la capital es tomando una serie de buses, razón por la cual pierdo al
menos noventa minutos cada vez que, por alguna u otra razón, debo ir a la
ciudad. Ese “viernes” salí de mi pueblo invitado a una fiesta, bueno, era
realmente una reunión de conocidos, de las que acostumbrábamos hacer para
olvidar el ahora tan destructivo en el que nos encontramos.
Ese día había salido temprano, pero por
interrupciones en el camino, al llegar a la ciudad, tenía menos del tiempo que
me había atribuido para llegar al lugar en cuestión, por lo que fui a una
parada de taxis, ahí fue donde los encontré, o donde ellos me encontraron, no
lo sé ya, todo es tan obvio en este momento que mis recuerdos parecen un cliché
barato y rebuscado sobre algo tan común como despertar con dolor de cabeza el
día después de ingerir alcohol, pero al igual que eso, ninguna de las dos
situaciones me había pasado antes, hasta ese día.
Ese mismo día el tiempo estaba indeciso, no se podía saber si de un momento a otro iba a empezar a
llover o el sol terminaría de secar todo, sudaba copiosamente durante varios
minutos, y durante otros pensaba seriamente en sacar el suéter que siempre
llevaba en el bolso. Esas eran mis
preocupaciones hasta que los vi, una pareja, tan simple y ordinaria que
resaltaba, ella tenía el cabello del color que miles de otras mujeres tienen,
un castaño oscuro simple, desde donde estaba no pude saber en ese momento que
su estatura también era promedio, pero sí pude notar sus ojos negros brillando,
atrayendo, captando la luz, la tragaban con lo que parecía un hambre insaciable,
su apariencia era común, precisamente porque eso pretendía, él, en cambio,
resaltaba de sobre manera, su cabello teñido era chillón, a falta de otro
termino, nunca había visto un rosado tan sintético, o una chaqueta de cuero más
negra, al igual que los ojos de ella, absorbía la luz, vida, los dos buscaban
todo lo que irradiara energía, y lo invitaban a sus adentros, sus ojos, en
concordancia con su aspecto, y con la intención de contrastar con ella, eran
claros, casi grises, su piel pálida era otro elemento que confeccionaba su
personaje a la perfección, y como no, debía contrastar más aún con la piel de
ella, morena, cálida, la diferencia de altura entre los dos era también grande,
ella le llegaba solo un poco más arriba del codo.
Estaban solos, aunque rodeados de
personas, estaban inconfundiblemente solos, próximos el uno del otro no
parecían estar juntos, no los hubiera relacionado nunca, porque era
precisamente lo que querían, hasta que dieron una señal. Ella tomo el primer
taxi, no se tocaron, no se devolvió, no se miraron, ni movió la boca, pero en
su mano, desde que los observaba, había un pequeño objeto circular de color
dorado -después sabría que era una moneda- que estaba sostenido por una cuerda
muy fina, la cual parecía nailon, con el que jugaba sin siquiera mirarle.
Aunque creí que lo habría guardado, porque era lógico, en algún bolsillo antes
de entrar al taxi, luego de que ella y otras tres personas se fueron, no fue
así.
Ese día un destello capto toda mi atención,
era la moneda, en el mismo lazo, pero en otra mano… la de él, solo que ahora
parecía brillar más, tal vez porque la había notado, tal vez porque en serio
brillaba más, no lo sé realmente, pero mi mirada fue hasta allá, siguiendo cada
oscilación, cada vez más lenta, pude detallarla, era una moneda muy vieja,
desgastada, con lo que parecía un escudo de armas, y unas palabras
enmarcándole, pero solo pude distinguir siluetas, pues lo que realmente me
interesaba era su movimiento, cada vez más lento, recorriendo un arco cada vez
más amplio, llegando cada vez más alto, hasta rozar una de las mangas de la
chaqueta, en esos momentos puedo asegurar que su brillo aumentaba, pero no
había sombra alguna sobre la chaqueta, era solo negro, era la terminación más
perfecta de los espectros de la luz, y hubiera seguido hipnotizado por ella si una
llamada no hubiera interrumpido el momento, la cual aparte de sacarme del
trance, me sumió en una rápida subida de adrenalina, tenía activado el sonido,
y la repentina atención sobre mí que eso genero me impaciento, nunca se sabe
quién te puede escuchar, quien te está viendo, quien espera a que te descuides
para robarte, respondí nervioso, era mi amiga, preguntándome cuándo llegaría,
ya casi, dije, cuando colgué y miré alrededor, él estaba mirando en mi
dirección, sonriendo.
Al terminar la llamada la adrenalina bajó
rápidamente, saqué mis audífonos y me concentré en desenredarlos, los conecte e
inmediatamente coloque algo de música, de alguna forma debía ocupar mi mente y
olvidar ese brillo, durante esta acción el cansancio se apoderó de mí, claro,
trabajé toda la mañana, pero no recordaba sentirme tan bajo de energías antes
de la llamada. Cuando faltaban tres personas para que me tocara el turno, me di
cuenta que una de las personas, un joven, un poco más bajo que -y por bien de
la narración seguiré llamando simplemente- “él”, y que estaba por delante de mí,
parecía conocerlo, era delgado al igual que él, su cabello oscuro, algo largo,
tenía un flequillo que llegaba hasta sus cejas, su cara estaba afectada por
poros tapados, su piel brillante daba la impresión de que en cualquier momento
empezaría a sudar, cargaba una chaqueta de mezclilla un poco pequeña para él,
arremangada, con un logo bastante visible de My Chemical Romance cosido más
abajo del hombro, su franela también daba indicativos de su afición por ese
tipo de música, pues era negra, bastante grande y algo desteñida, con un gran
logo blanco de Linkin Park, y una cadena con una piedra muy grande, parecía un
opal, pero no estaba seguro. Desde que llegué y hasta hace poco no habían
hablado, pero de repente estaban intentando contener la risa, mientras
señalaban algo disimuladamente, la persona que le seguía estaba algo
impaciente, por lo que cuando llegó el taxi ellos dejaron que lo tomara, dando
como resultado que yo terminase como el más próximo a ellos. Otro taxi no tardo
en venir, al parecer no tenían ningún asunto urgente, me dejaron pasar, pero ahora
que lo pienso con más calma, sí parecían tener apuro, en que yo me fuera, antes
de estar cerca de ellos reían más libremente, y su tono de voz era más fuerte,
pero ahora, su conversación no era más que un murmullo.
Entrando al taxi pude escuchar de nuevo sus voces elevándose, al volver
la vista, por un momento, me sorprendí realmente, sin darme cuenta, ya que
estaba concentrado en la música, el sitio se había vaciado, solo quedaban ellos,
bajo ese techo, había oscurecido bastante además, solo pasó media hora, pero
parecía que el tiempo por fin se estaba decidiendo y había dicho que lo ideal
sería lavar la ciudad, oscureciendo todo el entorno y creando la ilusión de un
anochecer a las 5 de la tarde, por lo que ellos, bajo ese techo de zinc en una
esquina de la autopista, con solo bancos y un bombillo de dudoso brillo como
acompañantes, daban la idea de desalojo, pero no sobre ellos, sino sobre la
ciudad, eran ellos ¿o era él? quien colocaba una franja, quien ahuyentaba al
resto del mundo de esa parada, de ese espacio abierto y vacío, delimitado por
un techo, de ese espacio tan de nadie al parecer, pero que de alguna forma me
transmitía la sensación de intimidad.
Ese día descubrí algo dentro del casco
urbano que no pertenecía al mismo en el que camino tan frecuentemente, para
llegar al lugar donde me esperaban, el taxi debía tomar alguno de los carriles
del lado izquierdo de la autopista, la mella entonces era que la parada de
taxis queda del lado de los carriles derechos, así que debíamos recorrer varios
metros para tomar el retorno más próximo, algo tan simple y necesario, no podía
ser de otra manera, y esa es la peor parte, realmente no podía ser de otra
manera.
Cuando tomamos el retorno, volvimos a
pasar por el lugar donde se encontraba la parada de taxis, bajo el lóbrego
techo mis predicciones se habían cumplido, el bombillo ya no alumbraba, pero
los faros de un taxi estacionándose cumplían la que fue su labor de mejor forma,
los dos ahora estaban mirando expectantes a una de las puertas del auto,
mientras lentamente aquella se abría, el acompañante del hombre con el cabello
sintético miraba absorto, como yo en esos segundos, pues de ese espacio que no
podía ver desde mi perspectiva, se asomaba paulatinamente una silueta menuda,
pude distinguir casi inmediatamente, gracias a esa atención por detalles que
despiertan en nosotros situaciones que sabemos singulares, el cabello oscuro y
la piel morena de la mujer que bajaba del taxi, era la mujer de antes, y él, el
hombre, que era su verdadero acompañante empezaba a sonreír complacido.
No podía dejar de pensar en aquello, ¿qué
fue realmente lo que vi? En este país donde ocurren secuestros y extorsiones a
cualquier hora y cualquier día, esa situación, irregular para mí, podría ser un
pedazo de crónica más que se comentaría en alguno de los pocos noticieros, que
aún existían, al día siguiente, y que sería olvidado por esto, cuando llegué a
mi destino, me dedique a beber hasta perder la consciencia, lo que ocurrió más
rápido de lo promedio, nunca he acostumbrado a atribuirme cosas como poder
tomar tres días seguidos y estar “como si nada” durante , y después, de ese
periodo, pero mi resistencia al alcohol es algo de lo cual he estado bastante
conforme en mi vida. Al amanecer y darme cuenta del dolor en mi cabeza, casi
como si hubiera caído sobre ella la noche anterior, me moví lo más rápido que
pude para encontrar a mi amiga entre el suelo de cuerpos dormidos o desmayados
que eran en ese momento todos los que asistieron a la pequeña reunión, cuando
la encontré le pregunté si, como pensaba, me había caído en la madrugada, no,
seguro es resaca bebe, me respondió, e inmediatamente se paró a buscar algo
para el dolor.
Lo único que encontró fue una cajita de
pastillas para la gripe, que por su propia experiencia funcionaban de forma
ideal para eliminar cualquier dolor de cabeza, sin embargo, ese tipo de
medicamentos me causan bastante somnolencia, pero prefería eso al sentimiento
de presión dentro de mi cabeza, así que la tome, fui a lavarme la cara y decidí
partir de nuevo a mi casa, era ya mediodía y no quería llegar tarde a mi
destino por interrupciones en la vía como el día anterior, aparte ya no tenía
dinero para transporte individual, por lo que debía tomar una serie de buses
para llegar al terminal de donde salían los que se dirigían al pueblo. Al salir
a la calle bajé hasta la parada más cercana y tomé el primer colectivo que paró,
como desde hace tiempo en la ciudad han ido escaseando, la gente se amontona y
pelea por subirse a uno, esta vez no fue diferente, y como la somnolencia no me
dejaba moverme más rápido terminé subiendo de último, quedando en la puerta donde
tenía que pegarme a un tubo y no moverme ni medio centímetro para no caer, así
que tuve que estar estático hasta llegar al centro de la ciudad, donde podría
agarrar el segundo colectivo que me llevaría al terminal. Al llegar al final de
la ruta del bus, una acera que a su vez servía de parada, me baje rápidamente y
caminé directo hacía la otra calle, que era parte de la ruta del segundo bus,
fue ahí, caminando, cuando empecé a sentir que me seguían.
Ese día, al igual que todos los días, el
centro estaba atestado de una masa de personas que se movían en cardúmenes,
pero de forma recelosa con cada quien, cosa que no extraña recordando la inseguridad
tan grande que resulta el común denominador de todo el país, por lo que
sentirme seguido podía atribuirse a la paranoia con la que se vive el día a
día, sin embargo en cada superficie reflectante, e incluso en las sombras que
proyectaba, buscaba vestigios de alguien sospechoso, aunque algo cansado aún,
la somnolencia se había ido gracias a la adrenalina repentina, sin embargo no
pensaba correr, pues eso sería llamar más la atención, por suerte, mala o
buena, no tenía dinero en efectivo aparte de lo destinado a transporte, y lo
único valioso que cargaba acaso era la ropa, había visto casos que por un par
de botas hay funerales, o que, más cumbre aun, empiezan velorios precisamente
porque alguien no cargaba algo valioso encima.
Ese día, no encontré a quienes me seguían
hasta que me monté en el bus, estaba seguro que también habían entrado, no
había puestos libres por lo que tuve que estar parado todo el trayecto, al igual
que ellos, no quería mirar, el pánico me estaba absorbiendo, y de alguna manera
sentía que cuando mirara, no habría vuelta atrás, luché contra el impulso y
miré al frente, donde una ventanilla me dejaba distraerme con el camino que
estábamos recorriendo, hasta que la luz del sol entro al bus calentando mi
espalda y un brillo dorado a mi lado me atrapo,
una moneda, sostenida por una cuerda, dando tumbos en una mano que
apenas la sostenía, eran ellos, era él, y era ella, su cabello rosado hoy
brillaba más que la noche anterior, cargaba lentes de sol, pero eso no impedía
que sintiera su mirada sobre mí, se veía menos cansado, menos pálido, cargaba
la misma chaqueta, tan negra que hizo resaltar en segundos el logo blanco de la
banda sobre la superficie desteñida de la franela, mientras ella, que estaba a
su lado, llevaba una chaqueta de mezclilla, desde donde estaba no podía ver el
logo cosido de My Chemical romance, pero sabía que estaba ahí, a la misma
altura, la chaqueta le quedaba perfecta, a diferencia del día anterior no
llevaba vestido, sino unos jeans pegados, y en su cuello una piedra unía todo
el conjunto, era un opal, estoy seguro, intente desviar mi vista, pero mi
cuerpo ya no me obedecía, estaba más cansado ahora, mis ojos subieron desde su
cuello hasta su cara, y ahí estaba el vacío que había visto antes, ese que
tragaba toda la luz de alrededor, ese que hipnotizaba.
Ese mismo día el bus paró, y ellos
bajaron, yo les seguí, ya había dejado de decidir y ahora solo podía observar,
vi que nuestra parada resulto ser una parte de la carretera donde solo había un
techo de zinc y unos bancos que alguna vez fueron blancos, me senté en uno y
ellos se sentaron en el otro, quedando frente, el bus arranco, nadie más,
aparte de nosotros bajo, un taxi estacionó al poco tiempo, él se quitó los
lentes, y me miró fijamente, ahora sus ojos eran igual de oscuros que los de
ella, igual de voraces, la puerta trasera del taxi se abrió, la luz tampoco
penetraba dentro del vehículo, pero si la invitaba, si la atraía, también me
invitó, también me atrajo, también entré, con ellos.
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