miércoles, 23 de agosto de 2017

Ellos.

Entonces tengo que escribir. Uno de todos nosotros tiene que escribir, si es que todo esto va a ser contado.
Julio Cortázar <<Las Babas de Diablo>>

    Ese día creo que era viernes, digo creo porque no recuerdo con exactitud si estaba terminando o empezando la semana, sé que estaba llegando a la ciudad, vivo en un pueblo y la única forma de llegar hasta la capital es tomando una serie de buses, razón por la cual pierdo al menos noventa minutos cada vez que, por alguna u otra razón, debo ir a la ciudad. Ese “viernes” salí de mi pueblo invitado a una fiesta, bueno, era realmente una reunión de conocidos, de las que acostumbrábamos hacer para olvidar el ahora tan destructivo en el que nos encontramos.

     Ese día había salido temprano, pero por interrupciones en el camino, al llegar a la ciudad, tenía menos del tiempo que me había atribuido para llegar al lugar en cuestión, por lo que fui a una parada de taxis, ahí fue donde los encontré, o donde ellos me encontraron, no lo sé ya, todo es tan obvio en este momento que mis recuerdos parecen un cliché barato y rebuscado sobre algo tan común como despertar con dolor de cabeza el día después de ingerir alcohol, pero al igual que eso, ninguna de las dos situaciones me había pasado antes, hasta ese día.

     Ese mismo día el tiempo estaba indeciso, no se podía saber si de un momento a otro iba a empezar a llover o el sol terminaría de secar todo, sudaba copiosamente durante varios minutos, y durante otros pensaba seriamente en sacar el suéter que siempre llevaba en el bolso. Esas eran mis  preocupaciones hasta que los vi, una pareja, tan simple y ordinaria que resaltaba, ella tenía el cabello del color que miles de otras mujeres tienen, un castaño oscuro simple, desde donde estaba no pude saber en ese momento que su estatura también era promedio, pero sí pude notar sus ojos negros brillando, atrayendo, captando la luz, la tragaban con lo que parecía un hambre insaciable, su apariencia era común, precisamente porque eso pretendía, él, en cambio, resaltaba de sobre manera, su cabello teñido era chillón, a falta de otro termino, nunca había visto un rosado tan sintético, o una chaqueta de cuero más negra, al igual que los ojos de ella, absorbía la luz, vida, los dos buscaban todo lo que irradiara energía, y lo invitaban a sus adentros, sus ojos, en concordancia con su aspecto, y con la intención de contrastar con ella, eran claros, casi grises, su piel pálida era otro elemento que confeccionaba su personaje a la perfección, y como no, debía contrastar más aún con la piel de ella, morena, cálida, la diferencia de altura entre los dos era también grande, ella le llegaba solo un poco más arriba del codo.

     Estaban solos, aunque rodeados de personas, estaban inconfundiblemente solos, próximos el uno del otro no parecían estar juntos, no los hubiera relacionado nunca, porque era precisamente lo que querían, hasta que dieron una señal. Ella tomo el primer taxi, no se tocaron, no se devolvió, no se miraron, ni movió la boca, pero en su mano, desde que los observaba, había un pequeño objeto circular de color dorado -después sabría que era una moneda- que estaba sostenido por una cuerda muy fina, la cual parecía nailon, con el que jugaba sin siquiera mirarle. Aunque creí que lo habría guardado, porque era lógico, en algún bolsillo antes de entrar al taxi, luego de que ella y otras tres personas se fueron, no fue así.

     Ese día un destello capto toda mi atención, era la moneda, en el mismo lazo, pero en otra mano… la de él, solo que ahora parecía brillar más, tal vez porque la había notado, tal vez porque en serio brillaba más, no lo sé realmente, pero mi mirada fue hasta allá, siguiendo cada oscilación, cada vez más lenta, pude detallarla, era una moneda muy vieja, desgastada, con lo que parecía un escudo de armas, y unas palabras enmarcándole, pero solo pude distinguir siluetas, pues lo que realmente me interesaba era su movimiento, cada vez más lento, recorriendo un arco cada vez más amplio, llegando cada vez más alto, hasta rozar una de las mangas de la chaqueta, en esos momentos puedo asegurar que su brillo aumentaba, pero no había sombra alguna sobre la chaqueta, era solo negro, era la terminación más perfecta de los espectros de la luz, y hubiera seguido hipnotizado por ella si una llamada no hubiera interrumpido el momento, la cual aparte de sacarme del trance, me sumió en una rápida subida de adrenalina, tenía activado el sonido, y la repentina atención sobre mí que eso genero me impaciento, nunca se sabe quién te puede escuchar, quien te está viendo, quien espera a que te descuides para robarte, respondí nervioso, era mi amiga, preguntándome cuándo llegaría, ya casi, dije, cuando colgué y miré alrededor, él estaba mirando en mi dirección, sonriendo.

     Al terminar la llamada la adrenalina bajó rápidamente, saqué mis audífonos y me concentré en desenredarlos, los conecte e inmediatamente coloque algo de música, de alguna forma debía ocupar mi mente y olvidar ese brillo, durante esta acción el cansancio se apoderó de mí, claro, trabajé toda la mañana, pero no recordaba sentirme tan bajo de energías antes de la llamada. Cuando faltaban tres personas para que me tocara el turno, me di cuenta que una de las personas, un joven, un poco más bajo que -y por bien de la narración seguiré llamando simplemente- “él”, y que estaba por delante de mí, parecía conocerlo, era delgado al igual que él, su cabello oscuro, algo largo, tenía un flequillo que llegaba hasta sus cejas, su cara estaba afectada por poros tapados, su piel brillante daba la impresión de que en cualquier momento empezaría a sudar, cargaba una chaqueta de mezclilla un poco pequeña para él, arremangada, con un logo bastante visible de My Chemical Romance cosido más abajo del hombro, su franela también daba indicativos de su afición por ese tipo de música, pues era negra, bastante grande y algo desteñida, con un gran logo blanco de Linkin Park, y una cadena con una piedra muy grande, parecía un opal, pero no estaba seguro. Desde que llegué y hasta hace poco no habían hablado, pero de repente estaban intentando contener la risa, mientras señalaban algo disimuladamente, la persona que le seguía estaba algo impaciente, por lo que cuando llegó el taxi ellos dejaron que lo tomara, dando como resultado que yo terminase como el más próximo a ellos. Otro taxi no tardo en venir, al parecer no tenían ningún asunto urgente, me dejaron pasar, pero ahora que lo pienso con más calma, sí parecían tener apuro, en que yo me fuera, antes de estar cerca de ellos reían más libremente, y su tono de voz era más fuerte, pero ahora, su conversación no era más que un murmullo.

     Entrando al taxi pude escuchar de nuevo sus voces elevándose, al volver la vista, por un momento, me sorprendí realmente, sin darme cuenta, ya que estaba concentrado en la música, el sitio se había vaciado, solo quedaban ellos, bajo ese techo, había oscurecido bastante además, solo pasó media hora, pero parecía que el tiempo por fin se estaba decidiendo y había dicho que lo ideal sería lavar la ciudad, oscureciendo todo el entorno y creando la ilusión de un anochecer a las 5 de la tarde, por lo que ellos, bajo ese techo de zinc en una esquina de la autopista, con solo bancos y un bombillo de dudoso brillo como acompañantes, daban la idea de desalojo, pero no sobre ellos, sino sobre la ciudad, eran ellos ¿o era él? quien colocaba una franja, quien ahuyentaba al resto del mundo de esa parada, de ese espacio abierto y vacío, delimitado por un techo, de ese espacio tan de nadie al parecer, pero que de alguna forma me transmitía la sensación de intimidad.

     Ese día descubrí algo dentro del casco urbano que no pertenecía al mismo en el que camino tan frecuentemente, para llegar al lugar donde me esperaban, el taxi debía tomar alguno de los carriles del lado izquierdo de la autopista, la mella entonces era que la parada de taxis queda del lado de los carriles derechos, así que debíamos recorrer varios metros para tomar el retorno más próximo, algo tan simple y necesario, no podía ser de otra manera, y esa es la peor parte, realmente no podía ser de otra manera.

     Cuando tomamos el retorno, volvimos a pasar por el lugar donde se encontraba la parada de taxis, bajo el lóbrego techo mis predicciones se habían cumplido, el bombillo ya no alumbraba, pero los faros de un taxi estacionándose cumplían la que fue su labor de mejor forma, los dos ahora estaban mirando expectantes a una de las puertas del auto, mientras lentamente aquella se abría, el acompañante del hombre con el cabello sintético miraba absorto, como yo en esos segundos, pues de ese espacio que no podía ver desde mi perspectiva, se asomaba paulatinamente una silueta menuda, pude distinguir casi inmediatamente, gracias a esa atención por detalles que despiertan en nosotros situaciones que sabemos singulares, el cabello oscuro y la piel morena de la mujer que bajaba del taxi, era la mujer de antes, y él, el hombre, que era su verdadero acompañante empezaba a sonreír complacido.

     No podía dejar de pensar en aquello, ¿qué fue realmente lo que vi? En este país donde ocurren secuestros y extorsiones a cualquier hora y cualquier día, esa situación, irregular para mí, podría ser un pedazo de crónica más que se comentaría en alguno de los pocos noticieros, que aún existían, al día siguiente, y que sería olvidado por esto, cuando llegué a mi destino, me dedique a beber hasta perder la consciencia, lo que ocurrió más rápido de lo promedio, nunca he acostumbrado a atribuirme cosas como poder tomar tres días seguidos y estar “como si nada” durante , y después, de ese periodo, pero mi resistencia al alcohol es algo de lo cual he estado bastante conforme en mi vida. Al amanecer y darme cuenta del dolor en mi cabeza, casi como si hubiera caído sobre ella la noche anterior, me moví lo más rápido que pude para encontrar a mi amiga entre el suelo de cuerpos dormidos o desmayados que eran en ese momento todos los que asistieron a la pequeña reunión, cuando la encontré le pregunté si, como pensaba, me había caído en la madrugada, no, seguro es resaca bebe, me respondió, e inmediatamente se paró a buscar algo para el dolor.

     Lo único que encontró fue una cajita de pastillas para la gripe, que por su propia experiencia funcionaban de forma ideal para eliminar cualquier dolor de cabeza, sin embargo, ese tipo de medicamentos me causan bastante somnolencia, pero prefería eso al sentimiento de presión dentro de mi cabeza, así que la tome, fui a lavarme la cara y decidí partir de nuevo a mi casa, era ya mediodía y no quería llegar tarde a mi destino por interrupciones en la vía como el día anterior, aparte ya no tenía dinero para transporte individual, por lo que debía tomar una serie de buses para llegar al terminal de donde salían los que se dirigían al pueblo. Al salir a la calle bajé hasta la parada más cercana y tomé el primer colectivo que paró, como desde hace tiempo en la ciudad han ido escaseando, la gente se amontona y pelea por subirse a uno, esta vez no fue diferente, y como la somnolencia no me dejaba moverme más rápido terminé subiendo de último, quedando en la puerta donde tenía que pegarme a un tubo y no moverme ni medio centímetro para no caer, así que tuve que estar estático hasta llegar al centro de la ciudad, donde podría agarrar el segundo colectivo que me llevaría al terminal. Al llegar al final de la ruta del bus, una acera que a su vez servía de parada, me baje rápidamente y caminé directo hacía la otra calle, que era parte de la ruta del segundo bus, fue ahí, caminando, cuando empecé a sentir que me seguían.

     Ese día, al igual que todos los días, el centro estaba atestado de una masa de personas que se movían en cardúmenes, pero de forma recelosa con cada quien, cosa que no extraña recordando la inseguridad tan grande que resulta el común denominador de todo el país, por lo que sentirme seguido podía atribuirse a la paranoia con la que se vive el día a día, sin embargo en cada superficie reflectante, e incluso en las sombras que proyectaba, buscaba vestigios de alguien sospechoso, aunque algo cansado aún, la somnolencia se había ido gracias a la adrenalina repentina, sin embargo no pensaba correr, pues eso sería llamar más la atención, por suerte, mala o buena, no tenía dinero en efectivo aparte de lo destinado a transporte, y lo único valioso que cargaba acaso era la ropa, había visto casos que por un par de botas hay funerales, o que, más cumbre aun, empiezan velorios precisamente porque alguien no cargaba algo valioso encima.

     Ese día, no encontré a quienes me seguían hasta que me monté en el bus, estaba seguro que también habían entrado, no había puestos libres por lo que tuve que estar parado todo el trayecto, al igual que ellos, no quería mirar, el pánico me estaba absorbiendo, y de alguna manera sentía que cuando mirara, no habría vuelta atrás, luché contra el impulso y miré al frente, donde una ventanilla me dejaba distraerme con el camino que estábamos recorriendo, hasta que la luz del sol entro al bus calentando mi espalda y un brillo dorado a mi lado me atrapo,  una moneda, sostenida por una cuerda, dando tumbos en una mano que apenas la sostenía, eran ellos, era él, y era ella, su cabello rosado hoy brillaba más que la noche anterior, cargaba lentes de sol, pero eso no impedía que sintiera su mirada sobre mí, se veía menos cansado, menos pálido, cargaba la misma chaqueta, tan negra que hizo resaltar en segundos el logo blanco de la banda sobre la superficie desteñida de la franela, mientras ella, que estaba a su lado, llevaba una chaqueta de mezclilla, desde donde estaba no podía ver el logo cosido de My Chemical romance, pero sabía que estaba ahí, a la misma altura, la chaqueta le quedaba perfecta, a diferencia del día anterior no llevaba vestido, sino unos jeans pegados, y en su cuello una piedra unía todo el conjunto, era un opal, estoy seguro, intente desviar mi vista, pero mi cuerpo ya no me obedecía, estaba más cansado ahora, mis ojos subieron desde su cuello hasta su cara, y ahí estaba el vacío que había visto antes, ese que tragaba toda la luz de alrededor, ese que hipnotizaba.


     Ese mismo día el bus paró, y ellos bajaron, yo les seguí, ya había dejado de decidir y ahora solo podía observar, vi que nuestra parada resulto ser una parte de la carretera donde solo había un techo de zinc y unos bancos que alguna vez fueron blancos, me senté en uno y ellos se sentaron en el otro, quedando frente, el bus arranco, nadie más, aparte de nosotros bajo, un taxi estacionó al poco tiempo, él se quitó los lentes, y me miró fijamente, ahora sus ojos eran igual de oscuros que los de ella, igual de voraces, la puerta trasera del taxi se abrió, la luz tampoco penetraba dentro del vehículo, pero si la invitaba, si la atraía, también me invitó, también me atrajo, también entré, con ellos.

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